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viernes, 4 de agosto de 2017

Como siempre, El Hontanar

Los días posteriores al Hontanar son siempre días de muchos sentimientos encontrados, infinitud de ellos. Este año no ha sido una excepción, y a pesar de haber disfrutado de unos días maravillosos en compañía de personas increíbles, terminó con más sombras que luces. 

O al menos eso es lo que podría parecer desde fuera, pero no, realmente no ha sido así. A pesar de algún que otro aguijonazo doloroso y envenenado, enseguida encontramos el antídoto. Y fue bien fácil, tan solo tuvimos que refugiarnos en las mismas personas con las que tratamos de construir cada verano (y algún fin de semana de invierno) un espacio de encuentro, de amistad, de cariño, de empatía, de amor...

Como se suele decir, la unión hace la fuerza, y así ha sido una vez más. Más unidos y más fuertes que nunca, dispuestos a seguir tratando de mejorar cada rincón del mundo extendiendo la epidemia desde un rinconcito enclavado entre Ibi y Alcoy.

Puede que seamos muy buenos modelos, o también puede que seamos muy malos ejemplos, pero hay una cosa que no se nos puede negar, y es que, por encima de todo, queremos y creemos en todas y cada una de las personas que pasan por ese rinconcito tan especial. Lo que hacemos bien o mal es subjetivo, la opinión sobre el campamento depende de quién mire y de la intención con la que lo haga. 

Al final, la única certeza que tenemos es que siempre, todo lo que hacemos, lo hacemos desde el amor, la empatía, el diálogo, la alegría y el buen humor, que son la esencia de El Hontanar. Como escribí hace un tiempo, El Hontanar es un manantial de amor, un manantial del que todos queremos beber y cuyo caudal es abundante gracias a todos los que pasan por allí con buenas intenciones, estén 3 horas, un día o diez. Vosotros también sois la esencia de El Hontanar.

¡GRACIAS POR TANTO!




lunes, 1 de agosto de 2016

Otro año más en el Hontanar

Otro inolvidable mes de julio que llega a su fin. Como cada año, momentos y personas que permanecerán toda la vida en mi corazón. 

No hay palabras que expresen lo que aquí se siente. Cada acampado y monitor consigue siempre hacerse un hueco en mi memoria. Pasa el tiempo, y los otrora acampados son ahora también premonitores; los premonitores, monitores; y los monitores...bueno, los monitores van ya camino de la jubilación (algunos). 

Me siento muy feliz, y al mismo tiempo, triste. Feliz por ver cómo aquellos indefensos niños y niñas que necesitaban de todos nuestros cuidados y atención están dando paso a jóvenes independientes, alegres y responsables que aprenden y nos enseñan cada día. Triste, porque conforme pasan los años, se acerca el final de esta preciosa etapa en el campamento. Cada año vivido es uno más de experiencias, cariño, convivencia y amor, pero supone también uno menos para el agridulce e inevitable final, pues algún día llegará.

Qué emocionante es verles crecer y crecer tú también con ellos. Qué orgulloso me siento de haber aprendido tanto en este lugar. He cantado, reído, jugado, llorado, me he entregado por completo y he recibido mucho a cambio. Solo espero haber podido sembrar cosas buenas y nunca dejar de saber de todas esas personas con las que cada año soy tan feliz.

Como es habitual verano tras verano, cuando me voy de allí me quedo "vacío": necesito más convivencia, más amor, más Hontanar. Especialmente amarga la despedida de ayer, pues ver llorar desconsoladamente a un chaval de 16 años al que consideras de tu familia (todos en el Hontanar lo somos) no es nada agradable. Se me partía el alma (a mí, a otros monitores, a sus amigos...), pero espero que con el paso de los días vaya a mejor y que no pierda nunca esa felicidad ni esa sonrisa que le caracterizan.

Si las circunstancias lo permiten (y espero que así sea), el año que viene estaré allí de nuevo. ¡Gracias por tanto!


lunes, 27 de julio de 2015

Decir adiós

Decir adiós siempre es complicado. Lo es más aún si es para siempre, pero no es nada sencillo cuando durante un mes ríes, lloras, te agotas y amas con las mismas personas.

Una vez más hemos disfrutado de un campamento espectacular. Para mí ha sido muy especial, porque siempre lo he vivido con personas con las que quizá ya no lo vuelva a experimentar, y ese sabor agridulce de satisfacción por el trabajo bien hecho y tristeza por las posibles despedidas no me ha dejado indiferente.

Además, este año he tenido el gusto de conocer más y mejor a algunos de los acampados y he encontrado personas muy interesantes. Muy buena gente. Hay que ver lo que te pueden aportar y sorprender niños en plena formación y otros más cercanas a la adultez.

Como siempre, he vuelto con una sensación de plenitud desmedida. Con ganas de amar. Hambre de seguir trabajando con gente como estos acampados. De que me enseñen y de que aprendan. Deseo de seguir conviviendo con ellos, de verles crecer, desarrollarse, prosperar.

Doy gracias por tener una profesión que me permite estar en contacto con jóvenes y poder dar y recibir afecto, conocimientos y reflexiones. Gracias, gracias, gracias.

Hablaba al principio de lo difícil que es decir adiós. Por eso no puedo decirlo. Todavía no.

sábado, 7 de marzo de 2015

El Hontanar

La palabra "hontanar", según la RAE, significa "sitio en el que nacen fuentes o manantiales". No podría estar más de acuerdo. 

Hoy, cuando algunos de los primeros acampados que tuve a mi cargo ya son universitarios o casi, me doy cuenta de cómo ha pasado el tiempo. Y de la cantidad de recuerdos que se entremezclan y que yo a veces no sé ni ordenar cronológicamente. 

Allí, en ese rincón perdido en la montaña, he tenido trato con tantas y tantas personas...Empezaré por esos pequeños acampados que quizá ya no me recuerden, pero que me enseñaron una de las primeras "reglas" del amor: entregarte a los demás. Me dijeron "cánsate, preocúpate, desgañítate, porque soy solo un niño, estoy a tu cargo y solo voy a estar pendiente de mí para divertirme". Y lo hice. En el fondo por puro egoísmo: para recibir un abrazo o una sonrisa, por ver su alegría al encontrar su cantimplora perdida,y por la sensación de que estás haciéndole un bien a alguien, que eres útil, que estás vivo.

Allí, en ese rincón perdido en la montaña, he conocido a personas, entonces compañeros, hoy grandes amigos, que también me enseñaron cosas sobre el amor. Me dijeron "vete a dormir, ya lo hago yo", "¿te ayudo?" y "gracias". De todos y cada uno de los que han pasado por allí, guardo recuerdos inolvidables que han construido una parte de mi vida, que me han moldeado y que estarán conmigo siempre. Porque, para bien o para mal, estas personas han contribuido a que sea como soy y a que sea como seré.

Allí, en ese rincón perdido en la montaña, "nacen fuentes o manantiales", sí, "de amor". Y es que en mayor o menor medida, los que han estado, los que estamos, y los que estarán, somos el caudal que emana del hontanar. 

Un lugar, el Hontanar, que seguirá siendo fuente de amor y nacimiento de manantiales de amor mientras quienes vayamos allí tengamos claro que allí (y en cualquier parte), de lo que se trata, no es más que de ser feliz haciendo felices a los demás. 

Sé que algún día, todavía no sé cuándo, me iré. Pero eso no me entristece, porque significa que algún día, todavía no sé cuándo, volveré.

sábado, 5 de octubre de 2013

Un lugar para soñar

Escondido en la montaña, hay un lugar muy especial.

Allí, en una casita roja, cabañas de madera y tiendas de campaña, hay algo, no sabría decir qué, que actúa como un imán. 

Allí he conocido a personas que, aunque nunca lo imaginé, hoy no podría sacar de mi vida. He conocido personas generosas, sacrificadas, inteligentes, buenas de corazón, creativas, cariñosas, entrañables, divertidas y un largo etcétera de calificativos que ya quisieran muchos rozar con las yemas de los dedos. Cada cuál con sus peculiaridades y su propia personalidad. Con algunas te ríes más que con otras, algunas son más expresivas, otras son más imaginativas...pero siempre tienes alguien a quien acudir en función de tu estado de ánimo. 

Allí nunca te falta un abrazo, un consejo o un hombro sobre el que llorar. Allí no hay desconsuelo, falta de amor o solidaridad. Siempre hay quien te levanta cuando te ve caer, quien te hace reír cuando te ve llorar, quien te hace volar cuando no puedes andar. 

Es un lugar casi mágico, donde cada individuo suma sus virtudes a las del grupo, y entre todos, juntos, tapamos nuestras carencias. Allí caben todas las edades, lo mismo da 16 que 36. Solo es necesaria una buena disposición para aprender de los demás, enseñarte a quererles por cómo son y a quererte a ti, por cómo eres tú. 

Allí, como digo, he formado lazos de amistad increíblemente fuertes incluso con personas con las que tenía y probablemente tengo pocas cosas en común. 

Y eso es, seguramente, lo que nos impulsa a regresar año tras año. Para seguir conociendo gente. Gente que se una al equipo que ya formamos, y con las que nos podamos reír (o llorar) y seguir aprendiendo para potenciar nuestras virtudes y pulir nuestros defectos.

Algunas de esas personas únicas con las que comparto días tan buenos en verano y en invierno, llegaron hace mucho tiempo; otras, podría decirse que llegaron ayer; incluso algunas hoy en día están muy lejos, aunque nunca se hayan ido del todo. A todos vosotros, gracias. Gracias porque tengo una vida plena que vosotros llenáis de luz.  

Nos volveremos a ver en ese lugar de ensueño que es el Hontanar.