viernes, 13 de junio de 2014

El niño que sobrevivió

Seguramente a todos los que habéis disfrutado con la saga de Harry Potter, es lo primero que se os ha venido a la mente tras leer el título de la entrada. Y es que sí, hace hoy 13 años, además del mago, hubo un muggle que también sobrevivió. 

Todo empezó en mayo, un domingo de madrugada, cuando una dolencia abdominal sencilla de subsanar se convirtió en algo grave por la falta de costumbre de un equipo médico. Error que otro equipo, bautizado como San UCI, pudo arreglar posteriormente. Y este muggle, también como Harry, quedó marcado por alguna que otra cicatriz. Mucho más molonas, por qué no decirlo, que una vulgar cicatriz con forma de rayo. Las suyas podían parecer un ataque de un tiburón.

Pasaron varias semanas, en las que el niño no era consciente del peligro que corría su vida, mientras familiares y amigos veían sobre su cabeza la espada de Damocles. Muchos rezos, abrazos y palabras de ánimo. Cualquier cosa por intentar alentar a sus padres, desesperados por perder a su amado hijo. Éste, como todos sus seres queridos, no perdió la fe, y con total naturalidad, respondía a los cirujanos "que me rasquéis la espalda" cuando le preguntaban si quería algo. 

Su padre - ay, su padre - abanicaba a su hijo cuando tenía calor, y terminaba por abanicarse él mismo en cada ocasión. Quizá pensaba que esas pequeñas oleadas de aire fresco le despertarían de la pesadilla real que estaba viviendo. Y cuánto le hizo sufrir el chiquillo, ya no solo por la propia enfermedad, sino porque descargaba en él su frustración: me río yo del santo Job.

Por otro lado, su madre veía signos de recuperación donde los expertos veían empeorar la situación. Si su engaño era por mantenerse en pie, o porque creía realmente en el restablecimiento de su hijo, quizá ni ella misma lo sabrá nunca. Ay, la denostada esperanza, cuántas veces nos ayuda a salir victoriosos de las más feroces batallas.

Finalmente, cuando desapareció el estado de alarma, cada cuál tenía sus deseos. El niño, por un lado; los médicos y sus padres, por otro. El niño, que quería salir de allí. Los otros, que se recuperara lo mejor y lo más rápido posible. Y así fue como los médicos le pedían día tras día que se levantara de la cama y paseara por los pasillos del hospital. Y así fue como su madre, mucho más habilidosa que los primeros le decía:
- Cariño, levántate de la cama, que te voy a lavar la cara, a peinar y a ponerte colonia. Y te sentaremos en el sillón hasta que lleguen los médicos, para que vean que estás perfectamente. Y tú, cuando entren, sonríe, para confirmarles que estás bien. ¿No ves que si te ven bien pensarán que estás curado y te mandarán antes a casa? 
Y el niño, como cualquier otro, confiaba en la palabra de su madre, y a pesar del esfuerzo que le suponía hacerlo cada mañana, y de las numerosas decepciones que se llevó esperando un alta que no llegaba, siguió levantándose cada mañana. Y del sillón a las caminatas. Y después a la cama. Y su madre, sabedora del engaño, consiguió que su hijo, durante esas últimas dos semanas, se levantara cada día con la ilusión de ponerse guapo y recibir el alta.

13 AÑOS DESPUÉS

Ayer, tras el partido inaugural del Mundial más caro de la historia, celebrado en un país no precisamente en una situación económica boyante, pensé en todas estas cosas. Pensé en la suerte que tuve de haber nacido en un país desarrollado, en el seno de una familia de clase media, con lo que nunca me ha faltado de nada: ni amor, ni comida. Pensé en la cantidad de niños muriéndose allí de hambre, mientras los políticos y amigos constructores de los mismos, se habrán embolsado cantidades ingentes de dinero a costa de terminar de arruinar el país. 

Y después volví aquí, donde también hay mucha gente viviendo en la miseria, donde también se construyen aeropuertos e infraestructuras deportivas con un dinero que no tenemos. Donde los bancos son rescatados a costa de las personas, donde la educación y la sanidad públicas están amenazadas. Sí, esa sanidad que me salvó la vida, ya que el coste de las múltiples operaciones y atención médica hubiera sumido a mis padres en la ruina. Esa sanidad y educación que deben ser garantizados, a los que todo el mundo debe tener acceso. 

Y me enciendo cuando veo que nos preocupamos más de que 4 personas, muertas de hambre, salten una valla buscando no ya una vida mejor, sino simplemente poder vivir, mientras justificamos los despilfarros de otros 4, preocupados única y exclusivamente de ganar unas elecciones (ergo de salvarse a sí mismos). Y no solo justificamos sus despilfarros, sino los recortes en sanidad y educación, que son bienes universales, para todos.

Hoy, nosotros, ahora, no podemos arreglar el mundo. Pero hoy, si nos concienciamos, si educamos a nuestros hijos en la honestidad, la bondad y la justicia, su futuro será un poquito mejor. Y el de sus hijos, más. Hasta que llegue un día en el que, gracias a la semillita que nosotros plantamos un día muy muy muy lejano, se podrá celebrar un Mundial de fútbol en cualquier país del mundo sin que nos echemos las manos a la cabeza. Y no tendremos que recurrir a la caridad, que no es más que un parche que nunca solucionará el problema real. 

Hoy, nuestra obligación es luchar por sentar las bases que nos permitan formar a esas personitas que tantas ganas tienen de ir hoy al cole, para que en un futuro, ese mundo utópico con el que todos soñamos se haga realidad. Utopía hoy, no mañana.


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